El nacimiento y el “miedo a lo que pueda pasar”

Por mi experiencia personal puedo decir que el nacimiento sobretodo de un primer hij@ marca radicalmente nuestra vida como seres humanos, en especial como mujeres dado que biológicamente llevamos el peso del embarazo, el parto y la lactancia. En mi experiencia como madre y por el impacto que tuvo en mi vida, en mi personalidad y en general en el modo en que se reconfiguró mi identidad a partir del nacimiento de Iñaki fue totalmente radical y sorprendente el tránsito de ser mujer a ser madre. Esto me sirvió para enfocarme en observar, estudiar y entender el proceso de otras mujeres y dimensionar la repercusión que puede llegar a tener un evento como este en nuestras vidas.

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Lamentablemente nuestras sociedades occidentales no nos preparan para vivir esta etapa de manera saludables y armónica en nuestra condición de seres biológicos y culturales, tanto hacia nosotras mismas como embarazadas, madres, como padres y hacia nuestros bebés. En general una experiencia profundamente enriquecedora y que nos abre puertas desconocidas de nosotr@s mism@s suele ser vivida rodeada de miedos, de estrés, de preocupaciones o incluso de rechazos inconscientes al momento del nacimiento en sí mismo (ante el miedo al dolor y a lo que pueda pasar) y en relación a la crianza y al manejo posterior del bebé (sobre la de nunca más vas a dormir, ya no tendrás tiempo para ti, criar es muy difícil). En lugar de vivir con conciencia la etapa conectándonos con nuestro cuerpo biológico y animal en toda su dimensión vivimos racionalizando, cuantificando y evaluando el proceso en el afán de “asegurarnos que todo está bien” con mamá y bebé y por ende controlando, medicalizando y robotizando lo que biológicamente fluye de manera natural. Como si en realidad que todo esté bien no fuera lo que está garantizado biológicamente por siglos de evolución y las complicaciones sólo una rareza asociada a casos particulares y en los que se vuelve de gran ayuda e importancia intervenir, pero que son una minoría.

Incluso desde la cultura se refuerza con palabras como aliviar, dolor, trabajo, soportar, aguantar lo difícil que será el momento del nacimiento en sí mismo. Sin hacer hincapié en la preparación hormonal y neurobiológica que tenemos para que ese proceso sea vivido como algo más complejo y con multiplicidad de emociones y sensaciones que van más allá de dolor o el sufrimiento. De este modo un evento vital y natural en la vida de cualquier especie biológica se ha convertido en occidente y durante los últimos 100 años en un proceso que despierta temores en todos los sentidos. Temores desde el ámbito médico pues en general la medicina obstétrica maneja esta etapa como un proceso de enfermedad en el que siempre algo puede salir mal, y temores socio-culturales en torno a lo difícil del proceso, a lo doloroso, lo terrible, y trágico que puede ser. A la vez que desde ambos ámbitos se refuerza la necesidad de intervenciones continuas tanto en el embarazo como en el nacimiento, legitimando a la cesárea como la mejor opción de nacimiento ante los tantos “riesgos” que desde este enfoque implica el parto fisiológico.

En nuestras sociedades de manera mayoritaria vivir el nacimiento como algo natural, biológico y para lo que como mujeres mamíferas estamos preparadas se ha vuelto cada vez más una rareza y una excentricidad, que la generalidad que debería ser. Esto sin dudas nos habla del modo como se han enfocados estos procesos fisiológicos que ha estado marcado y ha ido marcando el modo como culturalmente nos vemos, y a su vez se vuelve un muestra de cómo nuestra cultura se ha desconectando del vínculo con su propia condición biológica, con la naturaleza y el entorno. Se nos ha olvidado que antes de ser seres tecnológicos y culturales somos seres biológicos y que eventos como el embarazo, el parto o la lactancia materna están marcados y armados desde nuestra biológica y sólo posteriormente son incididos y determinados culturalmente.

Esta situación actual en la que se maneja y se vive el embarazo y el nacimiento, es un reflejo de la cultura y la ideología dominante de la que somos hereder@s y sin dudas tiene repercusiones hacia el futuro y en las nuevas generaciones. Puesto que el nacimiento en sí mismo no es algo que marca sólo a la madre y el bebé que lo viven, marca a toda la sociedad que se vuelve reproductora de sus propias prácticas, de las creencias e ideas asociadas a estas. A la vez que se trasmite de generación en generación a través de la huella que va dejando en cada uno de esos seres que nacen y son marcados, inicialmente de modo inconsciente, por sus propias experiencias de nacimiento y de crianza.

Es por esto que creo imprescindible recuperar entorno al embarazo y el parto la confianza en la capacidad y el poder femenino y mamífero de vivirlos como procesos naturales. A la vez que enfocar y centrar la intervención médica sólo en aquellos casos en los que casuísticamente aparecen complicaciones reales  y no como si se tratara de la generalidad y desde el temor “a lo que pueda pasar”. Un cambio de enfoque y de manejo en relación al embarazo y al nacimiento iría socavando los miedos, preocupaciones, y el estrés cultural en torno a este momento tan intenso y biológicamente maravilloso.  Lo cual sin dudas cambiaría nuestra forma de vivirnos y sentirnos como madres y padres y nos permitiría un modo más sano y natural de conectarnos con estos procesos.

M.C. Micelys Torres.

Antropóloga del Nacimiento y la Crianza

Doula de parto y Asesora de Lactancia.

Diplomante en Salud Primal

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