Feminidades aceleradas: el reto de las nuevas feminidades y paternidades.

Vivir, movernos, crecer, parir-nacer aprisa son las máximas de este occidente hegemónico en el que vivimos y para el que sólo somos una pieza más en un todo disfrazado de productividad y consumo. Si no andamos suficientemente a prisa insertados en esta loca dinámica de días cada vez más largos atareados y ocupados y de noches cada vez más cortas y menos dedicadas al sosiego, el ocio y el descanso, entonces vamos quedando fuera. Nos convertimos en los marginados de estas sociedades que priorizan el ser productivos por encima del ocio y el descanso y por ende contaminan nuestro ser real, al forzarnos a ser a través de lo que hacemos y no de lo que realmente somos.

Esta ansia imparable por acelerar y controlarlo todo nos ha invadido hasta en los ámbitos más privados de nuestra feminidad, la maternidad. Como mujeres somos víctimas de una aceleración del embarazo con premuras y anhelos que reproducimos nosotras mismas en frases como: ¡Ya quiero ver nacer a mi bebé!, muero por conocerlo (a)!, por tenerlo en mis brazos y poderle hablar y acariciar!. Cuando en realidad de fondo esa mirada carga una negación a vivir a plenitud el embarazo,  a enlentecer nuestro  ritmo, a movernos más despacio y aprender a escucharnos hacia adentro. A disfrutar cada etapa intensamente y conectarnos con nuestros bebés desde dentro de la panza para que ya lo estemos cuando finalmente luego de aproximadamente 40 semanas los tengamos en brazos. Es una pérdida de la oportunidad de crecimiento y aprendizaje que porta el embarazo en sí mismo, como si esa larga etapa no tuviera su propia función en relación al vínculo mamá-bebé y no constituyera un aprendizaje de nuestra propia biología que sólo podemos explorar a través de la maternidad. El EMBARAZO es la oportunidad única que tenemos las hembras humanas de ahondar en nuestro cuerpo desde principios totalmente innatos y que dejan fuera a la cultura de que somos herederas, para aunarnos con todas las mujeres que como nosotras viven la preñez de sus cuerpos. Es una oportunidad de redimensionar el mundo desde los ojos renovamos por las emociones, los sentimientos a flor de piel y tantas sensaciones desconocidas que nos hablan de nosotras mismas y de otro ser que nos va creciendo dentro.

El EMBARAZO sería muy distinto si decidimos romper con esa mirada acelerada e irrespetuosa en el manejo de la temporalidad y la espacialidad que predomina en occidente y nos enfocáramos en vivir intensamente cada momento de esos 9 meses. Nos enfocáramos en alimentarnos siguiendo nuestro instinto, dedicáramos momentos al descanso, al cuidado de nuestro cuerpo, a leer y prepararnos para la nueva etapa y sobretodo si tuviéramos la paciencia y la confianza para esperar la maduración del bebé sin forzar el momento del nacer y el proceso en si mismo.  El embarazo en muchos sentidos es la preparación para la nueva etapa de vida que como mujeres-madres a cargo de un bebé tendremos que vivir y enfrentar y nos perdemos ese período liminal entre miedos, angustias y preocupaciones. A lo que se suma el que como cultura occidental viciada en su relación espacio-temporal tengamos que vivir el trascendente momento del parto sobre esa misma lógica.

Los hospitales y clínicas modernos en los cuales transcurren la mayoría de los partos en occidente constituyen el esquema típico de los NO LUGARES que define Mac Auge, lugares impersonales, carentes de sentidos colectivos y en los cuales es casi imposible generar vínculos de identificación, empatía y apego. Justo la antítesis de lo que necesitamos para tener partos naturales en los que las embarazadas tengan la oportunidad de sentirse seguras, acompañadas y respetadas. En los cuales los bebés se adentren en el mundo a través de los brazos, el cuerpo y los ojos de sus madres y padres sin ser alejados de estos y colocados en impersonales cuneros, atendidos por impersonales enfermeras incapaces de generar con ellos el más mínimo vínculo empático y de reconocimiento. Lo que inicia a los recién nacidos iniciarse en un esquema de control del tiempo que comienza desde el modo en que son alimentados con biberones y fórmulas, definiendo cantidades estándares totalmente ajenas a las necesidades fisiológicas de cada bebé. A la vez que alimentados a grandes velocidades (un bebé amamantado menor de 3 meses come en 40 min a 1h en tanto alimentado con biberón lo hace 10 a 15 min), y con una regularidad y periodicidad establecida externamente que no respeta la biología innata del recién nacido.

De este modo se inicia la perpetuación del esquema cultural del que somos parte y en el que iniciamos a al bebé desde el momento del nacimiento y el modo como es tratado. Desde ahí se inicia esta carrera indetenible contra el tiempo que vivimos como especie en la que pareciera que queremos luchar incluso contra las leyes biológicas más básicas y como mujeres crecidas y criadas en ese esquema nos cuesta aceptar y respetar la lenta temporalidad del embarazo y la lactancia materna. Lo cual se refuerza desde la masculinidad y su enfoque intemporal dominante (los hombres pueden vivir “fuera del tiempo” si se lo proponen sin que eso implique grandes cambios en su biología y nos han pretendido hacer a su imagen y semejanza) que nos impone este occidente masculino y blanco del que somos herederas. La lactancia materna como siguiente momento luego del embarazo porta en sí mismo principios básicos que rompen de raíz con el esquema apresurado dominante, amamantar es en sí mismo un suceso lento, pausado en especial durante los primeros 3 meses de vida de un bebé. Es por eso que muchas veces abortamos la lactancia tan sólo por el hecho de que el tiempo nos sobrepasa, se nos hacen eternas tomas de 40 a 90 min, y un bebé que no quiere soltar el pecho ni cuando se queda dormido. Permanecer echadas o tumbadas durante días a días (algo que hacen todas las hembras mamíferas hasta que sus crías empiezan a caminar por si mismas) es algo impensable en nuestro imaginario femenino occidental y por ello nos conflictua notablemente. Es por esto que en lugar de pensar que así funciona, que así debe ser por el bienestar biológico del bebé tendemos a pensar que algo anda mal y que definitivamente si el bebé quiere comer por tanto tiempo y con tanta frecuencia es porque no se llena. Preferimos pensar que no tenemos o no producimos suficiente leche a pensar que así debe ser, que es normal que el bebé permanezca al pecho casi literalmente todo el día durante sus primeros 3 meses de vida.

Sin embargo casi todos sabemos que las crías de muchos otros mamíferos permanecen días a días sin despegarse del seno materno y que la hembra no se mueve de su nido más que salidas muy cortas por alimento y se regresa casi de inmediato. En tanto nos hemos distanciado tanto de nuestra biología en esta mirada acelerada que pasamos por alto que para nosotras hembras humanas debería suceder de un modo similar, con la ventaja-diferencia de que nosotras si podemos cargar a nuestras crías y movernos con ellas de un lado para otro, como sólo pueden hacer los primates dentro del reino animal. Lo más natural y biológico que debería ser que anduviéramos con nuestros bebés en brazos (o colgados en rebozos) en tanto ellos nos necesiten lo hemos convertido en lo raro y antinatural desde nuestra ideología y nuestras prácticas. La lógica detrás de esto es sin dudas la carrera contra el tiempo en que vivimos en occidente.

Una mujer enlentecida por las necesidades y demandas de un bebé que necesita y desea permanecer en brazos, y ser amamantado casi continuamente rompe totalmente con el esquema acelerado en el que hemos aceptado vivir. Rompe con el esquema de mujeres-madres que dejan a sus crías y se regresan casi de inmediato después del parto a continuar sus funciones sociales y públicas pospuestas por “demasiado tiempo”. Algo que en realidad debería ser lo natural y en torno a lo cual se armara la sociedad lo hemos convertido en lo raro y lo incompatible con el tipo de vida que llevamos. Por supuesto que esa temporalidad acelerada afecta en primer grado a la maternidad desde el embarazo, el parto y la crianza pero también y en buena medida a la paternidad, que podría ser vivida mucho más intensamente y que dadas las rutinas y dinámicas aceleradas también ellos se pierden una parte importante del proceso.

Armar sociedades y esquemas personales que reten y transformen estos supuestos de vivir a las carreras y sin detenernos por nada, sociedades que no aceptan ciclos, etapas, procesos es el reto que tenemos por delante como mujeres. No podemos ser mujeres plenas si no somos capaces de defender y construir nuestra propia temporalidad que no se limita a la maternidad, sino que empieza desde la menarquia y cuando nos constituimos como mujeres menstruantes. Defender esa necesidad de nuestro cuerpo de acelerar y enlentecer nuestro ritmo de vida que varía dentro del mismo ciclo menstrual, en conjunto con toda la dimensión femenina en torno a la maternidad, es parte del reto de reinventarnos como mujeres. Es nuestro reto construir nuevas feminidades y por ende masculinidades con una relación con el tiempo más apegada a las necesidades biológicas de la especie y no a necesidades económicas o culturales que incluso atentan contra nuestra biología mamífera.

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