Malas o buenas madres ¿he ahí el dilema?

a Ricardo.

En lo personal siempre me han chocado los juicios de valor en especial aquellos que juzgan en blanco y negro la realidad en que vivimos. Me incomodan  especialmente cuando de temas de maternidad y paternidad se tratan, como si fuera tan sencillo juzgar y clasificar un ámbito de nuestra vida que nos implica tanto a nivel biológico, social, cultural y psicológico. Ser padres y madres es de los aspectos de nuestra existencia humana que atraviesan todas las dimensiones de nuestros ser y en la que no es posible perder de vista nuestra sexualidad y biología más primaria pero tampoco nuestra condición de seres culturales, histórico y socialmente condicionados y determinados.

Entre mis cuestionamientos sobresalen el uso de juicios de valor siempre mucho más severos en relación a las madres que a los padres, desde niña me chocaba escuchar comentarios que cuestionaban la maternidad de muchas mujeres. Tan sólo por no asumir el rol socialmente atribuido a las madres en ese momento particular y querer vivir una maternidad diferente a la estereotipada culturalmente. En tanto los supuestos en torno al rol paterno siempre tienden a ser muy flexibles, comprensivos y hasta tolerantes. En especial en una época en la que se espera de las mujeres un rol público a imagen y semejanza del masculino pero que todavía no propicia cambios demasiado profundo en cuando a la participación masculina en el ámbito privado, considero mucho más inapropiado aquellos juicios de valor asociados a madres que delegan sus clásicas funciones maternales en pro del rol público. ¿Como es posible pedirle a las mujeres que abandonen, pospongan o renuncien a “su profesión o su libertad” luego que desde la niñez les hemos inculcado que eso es lo único valioso que van a tener en la vida y que tienen que serlo al mismo nivel de cualquier hombre?  ¿Por qué no pasa nada si son los hombres los que priorizan su “profesión o su carrera” y si cuando son las mujeres las que lo hacen y aparecen las culpas, los reproches y hasta el autocuestionamiento?

A la luz de las nuevas tendencias y conocimientos científicos con más razones para no enfocar estos temas como una cuestión de SER BUENOS O MALOS padres o madres, pues no se trata de eso. Ser madres y padres en nuestra especie es una mezcla de factores biológicos, culturales y sociales que van desde el aprendizaje personal, las expectativas individuales, las prioridades que tengamos o no en relación a nosotros mismos, a nuestros hijos y a nuestros roles privados y públicos y desde la cual emerge el modo personalizado como cada quien arma y estructura su maternidad-paternidad. En toda esta compleja mezcla la dimensión biológica aparece como elemento de partida desde el cual se estructura y determina todo lo demás y que se sustenta en la capacidad que tenemos como seres biológicos para generar apego

Muchas mujeres nos llegan cada día a las consultas de lactancia sintiéndose malas madres, inquietas o con malestar de sentirse juzgadas en su maternidad. O incluso muchas mujeres reaccionan a la defensiva, como si fueran etiquetadas  o juzgadas por otros al considerar en su maternidad opciones como no amamantar, destetar, enviar al bebé a guardería tempranamente, incorporarse al trabajo con bebés pequeños. En el mismo sentido algunas mujeres juzgan a otras al asumir posturas desapegadas (no amamantar, destetar, no cargar en brazos, enviar a guarderías desde muy pequeños) en relación a los bebés y niños pequeños. Es decir que se trata de un tema que está sumergido en juicios de valor muy al modo occidental del BUENO o MALO, y que nos hacen perder de vista los matices y las particularidades de cada caso en cuestión. En tanto se pierde totalmente la dimensión biológica tan importante, en especial cuando de maternidad se trata y que alcanza más peso cuando estamos viviendo en una cultura que quita el deseo y el instinto materno del camino para funcionar de manera más racional y “eficiente”. 

Las mujeres ante todo somos mamíferas y nuestra condición de madres está determinada por ciertas prácticas y conductas innatas que marcan notablemente nuestra condición cultural de SER MADRES. Aquellas mujeres que viven su embarazo como una enfermedad desde el temor que le infunde la medicina a este ámbito de nuestras sexualidad, aquellas que son privadas de partos naturales con oxitocina naturalmente liberada por sus cuerpos y que son separadas de sus bebés durante los primeras 4 hrs luego del nacimiento, aquellas que no reconstruyen el vínculo a través de la lactancia materna… verán afectada su capacidad BIOLÓGICA para vincularse a sus bebés. El que se pierda esa impronta biológica que determina un vínculo hormonal y por ende carente de raciocinios y aprendizajes, sin dudas limita nuestra capacidad de entrega, incondicionalidad y deseo asociado a la maternidad. Una madre que se vincula a través de la lactancia materna  revive a nivel hormonal (a través de la oxitocina que se libera en el cuerpo materno en cada tetada) la fascinación, el enamoramiento y el apego hacia su cría y por ende va a estar más vinculada y presta a satisfacer y atender sus necesidades y priorizar estas por encima de las suyas.

Nada de esto implica que estemos frente a una BUENA O MEJOR madre sino habla de la capacidad innata que como mamífera tendrá para reaccionar una madre humana ante la alta demanda de las crías humanas y por ende de la sensibilidad que la caracterizará como madre. Culturalmente dada nuestra capacidad de comprensión y transformación de la realidad que vivimos claro que podemos a través de la razón restaurar el vínculo de apego y amor con nuestros bebés, pero la ruptura biológica que implica este tipo de nacimientos no humanizados y sin lactancia materna, deja huellas indisoluble en cada mujer-madre-mamífera y afecta nuestra capacidad para desear a nuestros bebés y por ende para estar dispuestas y prestas a atenderl@s en mejores condiciones emocionales y también físicas.

Es por esto que en mi opinión no se trata de que nos sintamos, nos creamos o seamos vistas como malas madres. Ser malos y buenos padres/madres es definitivamente una mirada demasiado simplista para describir un vínculo tan complicado como es el de madre-padre-hij@s y en especial el de MADRE-HIJ@. El reto a nivel personal en realidad es el de lograr ser madres y padres que les demos a nuestros hijos amor, atención y compañía, a la altura de sus necesidades . Claro que unas veces estaremos más presentes y seremos más amorosos que otras, pero sin perder de vista que nuestros hijos e hijas necesitan saber que somos y estamos para ellos, que somos sus aliados y no alguien a quien tienen que enfrentarse toda la vida y contra quienes tienen que luchar para ser. En tanto el reto cultural sigue siendo el convertir a la maternidad/paternidad en una prioridad social y por ende crear mejores condiciones en torno a esta, por un lado para no interferir en ese vínculo biológico de impronta temprana que atenta contra la relación mamá-bebé y desconecta a las madres de sus crías; y por otro el dejar de vivir culturalmente a la maternidad como una pesada carga para las mujeres la cual es asumida incluso como que atenta contra su óptimo desempeño público y profesional.

Al romper con esos juicios de valor que acompañan especialmente a la maternidad lograremos enfocarnos más en estar a la altura de las necesidades de nuestros hij@s, seremos más sensibles a los cambios y las rápidas transformación en el transcurso de la vida de cada niñ@ y por ende a sus requerimientos de atención, cuidados y compañía. Lo cual dará pie a convertir culturalmente a los niños y niñas en una prioridad del grupo social y por ende a poner más énfasis en el presente de nuestra civilización, lo que sin dudas constituye la mejor inversión a futuro como especie.

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