Una mirada a la violencia obstétrica.

“Al mirar los antecedentes de aquellas personas que han demostrado una dificultad en la capacidad de amar -ya sea amarse a sí mismos o amar a  otros- pareciera que la capacidad de amar está determinada, en un buen grado, por las primeras experiencias durante la vida fetal, y el período cercano al parto.”

Michel Odent en La cientificación del amor. El amor en la ciencia.

En estos días en que muchas voces a nivel mundial se levantan para promover y defender el parto respetado, días en los que se denuncia la violencia obstétrica como una forma más de violencia contra la mujer, es importante reflexionar acerca de como hemos llegado a este punto como civilización. El parto constituye un evento normal dentro de la sexualidad femenina, lo mismo que el embarazo, la lactancia materna, la menstruación o las relaciones sexuales son aspectos de nuestra sexualidad como mujeres que nuestra cultura ha tendido a subestimar, malinterpretar, esconder o violentar.

Las mujeres como género hemos sido valoradas y juzgadas desde los patrones masculinos dominantes y en ese sentido,  procesos biológicos relacionados directamente con nuestro sexo han tendido a ser explicados y ordenados desde reglas y patrones masculinos a los cuales no se adaptan. Nuestra sexualidad mucho más compleja y armada desde un ordenamiento cíclico que alcanza su máxima expresión con la menstruación; o en la que se separa perfectamente procreación de placer sexual con 2 estructuras diferentes destinadas a tales fines (vagina y clítoris); o con una capacidad intrínseca para la dualidad y la adaptación biológica como la que implica la gestación en la cual se compatibiliza del mejor modo posible al menos 2 organismos habitando dentro del mismo espacio físico; o esa misma dualidad a través de la lactancia materna que se vuelve alimento para el cuerpo y para el alma, no puede ser entendida desde reglas externas que están regidas por patrones menos complejos.

Precisamente por esta incapacidad y falta de voluntad, en diferentes momentos históricos, para entender y respetar el modo como funcionamos las mujeres, es que eventos trascendentes a nivel evolutivo para nuestra especie, como el embarazo y el parto pasaron a ser armados y regidos desde la lógica masculina de cuantificarlo y controlarlo todo. Eventos como estos en los cuales el modo intuitivo, biológico, natural, apegado a las sensaciones y a la libertad de lo que pueda ir sucediendo en el momento dejaron de ser compatible con el modo racional, predictivo y agitado del mundo masculino. Al estar los hombres en control de la situación y en medio de la era de la cientifización, tanto el embarazo como el parto fueron convertidos en eventos controlados y armados desde la mirada masculina a cargo, sin respetar los tiempos y procesos biológicos innatos que habían regido a cada uno durante cientos de años y que siguen rigiendo a estas mismas etapas en el resto de los mamíferos.

El embarazo pasó a ser un proceso cuantificable semana a semana, en el cual era imprescindible controlar cada reacción del cuerpo materno o del bebé y todo aquello que se saliera de los estándares biológicos establecidos en condiciones biológica de no embarazo o parto, eran consideradas patológicas y amenazantes. Así aparecieron como comenta Michel Odent en varios de sus libros y artículos, enfermedades que no son tales en la embarazada como: la diabetes gestacional, la anemia de la embarazada o se malinterpretó el sentido de los pequeños cambios de presión arterial durante el embarazo que no llegan a ser una preeclampsia. El parto dejó de ser un evento que se iniciaba por si mismo llegado el momento óptimo de maduración del bebé y en condiciones no estresantes para la madre, para ser un evento que era necesario inducir, intervenir, apurar y en muchos casos suprimir con la introducción de las cesáreas.

El embarazo dejó de ser una etapa normal en la vida de las mujeres, para ser considerada una enfermedad que había que aliviar cuanto antes. Por ende dejó de ser vivida con tranquilidad, relajación y sobretodo como preparación para la maternidad que se avecina, para ser vivida con aprehensión, temor, y ansiedad por las madres temerosas de todo lo que “nos puede pasar” durante esos largos e interminables casi 10 meses. El parto dejó de ser un momento de entrar en contacto con nuestra biología más primaria, con nuestra condición de mamíferos que gritan, se retuercen y se acomodan lo mejor que pueden para parir en paz; para ser un evento violentado, apurado y sobretodo robado desde un espacio médico que armó protocolos que sólo son convenientes para el propio personal de salud, pero en ningún caso para la parturienta y su bebé.

Algunas de estas prácticas comunes son: posturas contrarias a la gravedad que dificultan la salida del bebé; tactos dolorosos e innecesarios que tensan e incomodan a la embarazada; monitoreo fetal que afecta más de lo que beneficia, maniobras de hamilton, prostaglandinas u oxitocinas para desencadenar el parto artificialmente; episiotomías, ventosas o forces y maniobra de kristeller o presión en fondo de útero, para apurar la salida del bebé; extracción manual de la placenta; corte del cordón sin que deje de latir; a lo que se suma toda la manipulación innecesaria a la que es sometida el recién nacido. Todas estas son estrategias destinadas a apurar y cuantificar el parto que carecen de  fundamento científico pero que facilitan la labor masculina, tanto de mujeres como de  hombres que siguen esta lógica de pensamiento y acción, al enfrentar un evento al que no es posible entender y acompañar respetuosamente desde una mirada de control y dominación.

La violencia en relación al embarazo y al parto aparece como recurso desesperado para contener y limitar algo que no tendría porque tener límites, y que debería ser regido por la libertad de sus protagonistas. Cada embarazo y cada parto son eventos únicos y distintos, y no deberían ser estandarizados por reglas y protocolos. Tanto el embarazo como el parto son regidos por nuestra biología mamífera y en ella encontramos todas las respuestas, y salvo en situaciones realmente emergentes y vinculadas con la supervivencia de la madre y el bebé, no deberíamos permitir y promover las intervenciones.

Un buen parto se inicia con la posibilidad de encontrarnos con nosotras mismas a través de la introspección y la escucha de nuestro propio cuerpo. Nada más necesario para una parturienta durante su trabajo de parto que tener privacidad, silencio, paz, no estar presionada o cuestionada, dejando fluir su instinto y apartarse de la racionalidad que nos caracteriza como seres humanos. Cada mujer necesita para un buen parir estar en contacto con las sensaciones y movimientos de su cuerpo, necesita tranquilidad, seguridad y calma. 

Respetemos más los procesos naturales, los tiempos y confiemos en la capacidad de cada mujer de parir y encontrar en si misma la fuerza necesaria para enfrentar el momento del parto. Seamos acompañantes para que embarazada y bebé sean los verdaderos y únicos protagonistas.

Pronunciémonos por el derecho de todas a vivir un parto hermoso, digno, único, en el que bebé y mamá no sean separados y se respeten sus tiempos y necesidades.

Semana mundial por el parto respetado del 20 al 27 de mayo del 2013. “SILENCIO. MUJER PARIENDO, BEBÉ NACIENDO”

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