Criar desde el respeto y el reconocimiento: una inversión de futuro

La principal crítica que recibe un estilo de crianza basado en el respeto y la consideración hacia los niños y niñas, es la de ser permisiva, la de no tratar a los niños con demasiada dureza y dejarlos hacer su voluntad. Los cuestionamientos giran en torno a la falta de una nalgada a tiempo, o la incapacidad para un límite y el daño que eso les hará a los niños y niñas a la hora de integrarse al mundo. A la hora de aceptar y asumir las reglas de un mundo, de un estilo de vida que ya está prediseñado desde mucho antes de que ell@s llegaran a él. Lo cual sin dudas parte de que asumimos que estamos satisfechos con ese modo de vivir y hacer las cosas y que cuestionarlo, cambiarlo y generar una realidad diferente a la que vivimos hoy, no es posible. A lo cual se añade el hecho de si ¿en realidad nos preocupan nuestros hijos e hijas o es una cuestión personal para hacer valer nuestra necesidad de control y autoridad? ¿De verdad estamos pensando en lo mejor para ell@s, o en lo más sencillo y fácil para nosotras como madres y padres?. En especial porque en su mayoría ese tipo de cuestionamientos llevan implícitos el que fue lo que aprendimos nosotros mismos de niños y niñas, pues fue el modo como nosotros fuimos criados por nuestros padres y madres.

Foto tomada de Para Jugar y Crecer-Consultorio psicológico https://www.facebook.com/ParaJugaryCrecer?fref=ts

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Un estilo de crianza basado en el respeto, el reconocimiento del mundo infantil y en generar un vínculo de apego seguro con los niños y niñas tiene la característica de que ubica al niñ@ en el centro de atención. Lo cual no quiere decir que la relación gire en torno a los niñ@s, algo que al menos durante la primera infancia y en términos de supervivencia es un requisito, que suele ser también una preocupación de muchos, sino que los niños pasan a ser protagonistas de su propia vida desde pequeños. Sin necesidad de que tengamos que esperar a que los niños y niñas sean lo suficientemente “grandes” como para ser tenidos en cuenta y otorgarle la oportunidad de tomar decisiones o de reconocer y legitimar lo que viven y expresan.

Un enfoque como este transforma las bases de la relación entre padres-madres e hij@s al legitimar y reconocer las necesidades, particularidades y etapas de vida por las que pasan los bebés y niñ@s. Un vínculo desde estas bases permite una relación menos autoritaria y hegemónica hacia el mundo infantil, y entabla un vínculo más estrecho, lineal y justo entre los adultos y los niños; sin asumir de antemano que somos los adultos los que contamos con autoridad, conocimientos y jerarquía para hacer las cosas a nuestro modo desestimando las emociones, sentimientos y situaciones  por las que pasa el niño o niña.

Sin dudas un planteamiento como este es un reto a la mentalidad autoritaria y jerárquica a la que como seres culturales estamos acostumbrados, desde la cual imponernos y negarnos unos a otros se vuelve el modo de entablar las relaciones. Sin dar demasiada cabida al diálogo, al entendimiento y a la negociación con el/los otros culturales, y sobretodo desestimando el mundo emocional de esos otros y otras en aras de la racionalidad y la dominación. En especial si se trata de otras culturas o de otras especies vivas nuestra postura humana es todavía más controladora y dominante, algo que aplicamos a los niñ@s con casi la misma actitud implacable que nos mueve en nuestra relación con la naturaleza.

Pensar a nuestros hijos desde recién nacidos partiendo del respeto y el reconocimiento de sus particularidades y necesidades, cuestiona todos los supuestos ideológicos de partida a través de los cuales nos vamos imponiendo unos a otros y en relación a la naturaleza. Este modo de crianza da pie a estructurar nuestro mundo en otros términos, sin jerarquías y sin competitividades y sienta las bases para que los niños y niñas se formen sobre una ideología distinta. Una ideología que no legitima el castigo, las represalias, el chantaje, el autoritarismo o el aferrarse a los límites y que a su vez les enseña a los niños y niñas a pensar, a negociar y a sentir en términos más verticales, menos autoritarios y jerárquicos

Los niños criados desde una mirada respetuosa y considerada hacia ellos, se relacionan sobre esas mismas bases con el entorno en que viven, y por ende hacia futuro serán capaces de imaginar nuevas realidades que los adultos de hoy no logramos imaginar y recrear y  precisamente “son la esperanza del mundo” como diría José Martí. La esperanza de que serán capaces de soñar y construir un mundo que no esté basado en la dominación y la hegemonía cultural de unos sobre otros y sobre la naturaleza, sino en la capacidad del diálogo y el entendimiento intercultural. 

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