La elaboración cultural del llanto infantil, el inicio del problema.

El llanto aparece como un mecanismo imprescindible para la supervivencia durante la primera infancia, y es por ello que posee importantes repercusiones psicológicas para los bebes, niños y niñas si los abandonamos o los dejamos llorar para consolarse por si mismos. Lo mismo sucede si confundimos o reprimimos la necesidad del llanto en los pequeños, intentando entretenerlos con dulces, comida, o frente a la tele, lo cual a la larga genera la aparición de niños con personalidades reprimidas, inseguras, con tendencias a las adicciones o la obesidad ante la falta de atención o la desviación de sus necesidades reales.

Antes de comenzar con nuestra reflexiones considero importante exponer una cuestión de principios que oscurece y tiende a parcializar a muchos en un tema tan sensible como el llanto infantil. Aún en la primera infancia cuando no existe otro mecanismo para comunicarse, se da la tendencia cultural a reprimir o darle connotación negativa al acto de llorar. Por alguna razón de antemano asumimos que llorar está mal, y que hay que evitarlo a toda cosa y en ese proceso perdemos el punto de mira de lo que es realmente importante. Si en lugar de asumir un juicio de valor en relación al llanto lo asumiéramos como un mecanismo para comunicar una necesidad o para liberar o resolver una situación que genera estrés o tensión en el niñ@ (o en el adulto), probablemente nuestra reacción ante el llanto sería diferente.

En el caso de los bebes menores a los 6 meses de vida, se añade a este prejuicio cultural frente al llanto, que el imaginario popular limita el llanto de los bebes a situaciones de hambre o sueño.  Lo cual por supuesto no es más que un reflejo de nuestra ignorancia acerca de como funciona el cerebro durante la primera infancia y a la creencia de que a esa edad no poseen un mundo emocional que sea necesario considerar. Precisamente eso da pie a la tendencia cultural de asumir un esquema familiar de sobre alimentación (se sustituye comida por atención y cuidado), que genera bebés obesos que aprenden a desviar su necesidad de atención hacia la comida, los que por lo general luego son niños o niñas con sobrepeso, y llenos de inseguridades por carencia de atención. Es típico en este sentido el caso de bebés recién nacidos que se permanecen llorando luego de que han ingerido grandes cantidades de alimentos (por lo general bebes que no son amamantados y toman de 4 o 5 onzas de suplementos de leche) y cuyas madres y padres siguen sobrealimentando puesto que piensan que el llanto está directamente asociado al hambre.

Se ha comprobado a través de la experiencia práctica de cientos de mujeres que han alimentado a sus hijos a través de la lactancia materna, que en el caso de los bebés pequeños en muchas ocasiones el llanto no se produce por hambre. Los bebés recién nacidos en el ánimo de suplir la pérdida que sufren a partir del nacimiento (al perder el confort y el contacto permanente que tenían en el útero) desarrollan una profunda e innata necesidad de succión. La succión aparece como un mecanismo a través del cual se vinculan y reconectan con la madre mediante el pecho, de modo que permanecer succionando por largos períodos de tiempo es un modo de relajarse, sentirse seguros y cuidados. En el caso de los bebes alimentados con biberón la succión que estos realizan para alimentarse no es suficiente puesto que muy rápidamente vacían el contenido, de manera tal que luego que se terminan el alimento todavía su necesidad de succión queda insatisfecha. Lo cual da lugar a que algunos bebes (precisamente los que más necesidad de contacto tienen) permanezcan llorando todavía un rato más luego que terminaron de ser alimentados y esa señal de reclamo de contacto cuando es interpretada erróneamente genera patrones de sobre alimentación dañinos a largo plazo.

En el caso de la lactancia materna, el hecho de que la succión sea mucho más lenta y prolongada, pues el seno se vacía más lentamente, le da la oportunidad al bebé a succionar y permanecer en contacto por más tiempo y de manera más efectiva. A eso se suma el que los bebes amamantados también aprenden a realizar succiones no efectivas en términos de bajada de leche, de manera tal que pueden permanecer succionando sin ingerir grandes cantidades de leche y de este modo regulan por si mismos la cantidad de alimentos que ingieren y garantizan no ser sobrealimentados, cuando lo que requieren es contacto, cuidados y atención.

Otros de los falsos supuestos que guían el comportamiento adulto en relación a los más pequeños, es la ideología presente en nuestra cultura occidental desde el siglo XX, y que parte de considerar a los bebés, niños, niñas y adolescentes como malvados, manipuladores, insensibles y hasta tiranos. Al punto de que el llanto de un adulto por lo general produce empatía en quienes lo presencian, y en todos los casos genera sentimientos de compasión o dolor. Cuando un adulto llora es muy raro que se plantee la posibilidad de que está intentando manipular la situación, o que lo hace por maldad, al contrario la tendencia es a pensar que ese sujeto debe estar sufriendo y se intenta apoyarle y ayudarle. ¿Qué hace diferente entonces el llanto cuando se trata de los niños y niñas? ¿Por qué el llanto en la primera infancia se considera como negativo y genera sentimientos de frustración o irritabilidad en quienes lo presencian? ¿Por qué el llanto de otro adulto despierta instintos protectores, y el llanto infantil no siempre lo hace?

El llanto aunque es un suceso normal en la vida humana, y es el primer mecanismo de comunicación, es además el modo a través del cual expresamos malestar, estrés, e incomodidad. Los bebés usan el llanto para expresar cualesquiera de las sensaciones, estados o emociones negativas que lo sobrecogen y por ende llorar es una señal de aviso para quienes lo rodean, pero además es un mecanismo de liberación para el organismo del pequeño o pequeña. De modo que enjuiciar el acto de llorar, algo que sucede incluso con mayor frecuencia cuando se trata del llanto de los varoncitos, sólo coloca a los más pequeños en una situación desventajosa y que atenta contra su propia naturaleza biológica.

Es contradictorio entonces que el llanto pueda ser valorado positivamente cuando proviene de un adulto y por otro lado sea considerado un mecanismo de control o de chantaje si se trata de un niño o niña. Sin dudas esa postura adultocéntrica que desconoce y demerita la posición de los infantes y que se promueve desde algunos sectores incluso escuelas de psicologías, los conductistas por ejemplo, no sólo daña la imagen de la infancia ante los ojos del mundo adulto, sino que la distorsiona y la aleja totalmente de la realidad más primaria. Eso sumado a que esas posturas injustas hacia la niñez terminan por juzgar y demeritar a los padres sensibles y comprometidos que se duelen de ver llorar a sus hijos, y que se esfuerzan por evitarles el llanto, por considerar a estos padres como débiles y permisivos. Cuando en realidad esos padres y madres que sienten como propio el llanto de sus hijos e hijas, sólo están respondiendo sin ceder a las presiones culturales, a los mecanismo innatos que todavía conservamos, especialmente la madre, de protección y cuidado de las crías.

El llanto infantil desencadena a nivel biológico, en especial en la madre, una inmediata e irreflexiva respuesta de empatía y protección hacia sus hijos e hijas e incluso puede extenderse hacia hijos e hijas de otras madres. Es por eso que dejar llorar a los y las pequeñas bajo el supuesto de para que aprendan, también atenta contra la naturaleza biológica paterna y materna especialmente. Incluso aquellas madres que ya han aceptado como ciertos los supuestos de que los niños e niñas son manipuladores, no pueden evitar en el fondo de si mismas la angustia que genera escucharlos y no atender su llanto de inmediato.

Es precisamente desde posturas más humanistas y apegadas a los mecanismos biológicos propios de la supervivencia humana, que se promueven actitudes de apoyo y comprensión hacia la niñez. Estas posturas defienden el que no sean abandonados los niños y niñas durante el llanto, que los padres intenten satisfacer la necesidad que ese llanto promueve o en caso de que sólo se trata de un mecanismo liberador para el o la pequeña, entonces acompañen ese llanto con la misma comprensión y amor con que se suele acompañar el llanto adulto. Puesto que se sabe que el dejar a los bebes, niños y niñas llorar y consolarse solos provoca un quiebre emocional en estos, al no encontrarle solución a aquello que les generó el malestar pues carecen de los mecanismos cognitivos para hacerlo. Quiebre emocional que si se vuelve recurrente, ante el continuo abandono de padres y cuidadores, puede tener consecuencia para la estabilidad emocional y psíquica futura. Que como ya hemos mencionado antes se revierte en adultos inseguros y dependientes que tienden a esconder su malestar en las adicciones (alcohol, drogas, cigarrillos).

El apego del cual también hemos hablado en este espacio es un mecanismo imprescindible a nivel psicológico como para lograr la supervivencia de cada bebé. Sin el imprescindible apego a sus madre, padres o cuidadores los y las bebés no lograrían sobrevivir, pues son los cuidados los que le garantizan las satisfacción de sus necesidades más primarias. Ese apego es el mecanismo mediante el cual el pequeño o pequeña se da cuenta de que existen personas que le quieren y lo cuidarán por encima de todo y precisamente en esa certeza radica el que puedan ser niños o niñas felices. Desde el apego y la felicidad que este genera, es que se construyen las bases para una personalidad segura, independiente y capaz de soportar las adversidades futuras. Al acompañar a los y las bebes trasmitiéndoles la seguridad de que nunca estarán solos y atendiendo oportunamente sus llantos estamos formando a sujetos equilibrados y felices para toda la vida.

Luego de esta etapa de apego imprescindible para la supervivencia de la especie y que coincide aproximadamente con los primeros dos años de vida, los y las pequeñas comienzan poco a poco a ser cada vez más independientes y a valerse por si mismos. En esta etapa en la que el niño comienza a demarcar su independencia y a separarse del mundo de sus padres y cuidadores, aparece el llanto en una de sus facetas más menospreciadas socialmente, los conocidos BERRINCHES INFANTILES.

Los primeros berrinches aparecen aproximadamente alrededor de los 2 años de vida, como parte de un complejo proceso en el cual los y las pequeñas comienzan a negar a sus padres y cuidadores para mostrar independencia de estos, y sobre estos estaremos conversando más adelante.

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